Un carácter cristiano

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Élder David A. Bednar

Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
David A. Bednar
Jesús, el que más sufrió, tiene la mayor compasión por todos nosotros que sufrimos mucho menos.

El élder Neal A. Maxwell (1926–2004) enseñó un principio que me ha impresionado profundamente y ha sido el objeto principal de gran parte de mi estudio, reflexión y meditación. Dijo: “¡No podría haber habido Expiación si no fuera por el carácter de Cristo!”1. Desde que escuché aquella afirmación directa y penetrante he tratado de aprender más sobre la palabra “carácter” y comprenderla mejor. Además, he meditado acerca de la relación que existe entre el carácter de Cristo y Su expiación; así como lo que implica dicha relación para cada uno de nosotros como discípulos.

El carácter del Señor Jesucristo

Tal vez el mayor indicador del carácter sea la capacidad de distinguir y reaccionar adecuadamente ante otras personas que experimentan el mismo reto o la misma adversidad que nos abruma a nosotros del modo más inmediato e impetuoso. El carácter se pone de manifiesto, por ejemplo, en la facultad de discernir el sufrimiento de los demás mientras nosotros mismos sufrimos; en la capacidad de detectar el hambre de otras personas mientras nosotros tenemos hambre; y en la facultad de tender la mano y mostrar compasión ante la agonía espiritual de otros cuando nosotros estamos en medio de nuestras propias aflicciones espirituales. Así, pues, el carácter se demuestra al mirar al exterior y tender la mano a los demás, cuando la reacción natural e instintiva es abstraerse y pensar en uno mismo. Si tal capacidad es en verdad el criterio supremo del carácter moral, entonces el Salvador del mundo es el ejemplo perfecto de dicho carácter constante y caritativo.

Algunos ejemplos del carácter de Cristo

En el aposento alto, la noche de la última cena, la misma noche en la cual padecería el mayor sufrimiento que haya tenido lugar en todos los mundos que Él ha creado, Cristo habló acerca del Consolador y de la paz:

“Estas cosas os he hablado estando con vosotros.

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:25–27).

Mientras comprendía que Él mismo estaba por experimentar de manera intensa y personal la ausencia tanto de consuelo como de paz, y en un momento en el que Su corazón quizás se hallaba atribulado y temeroso, el Maestro tendió la mano y ofreció a los demás las mismas bendiciones que podrían y lo habrían fortalecido.

En la gran Oración Intercesora, que se ofreció inmediatamente antes que Jesús fuera con Sus discípulos al otro lado del arroyo Cedrón hasta el huerto de Getsemaní, el Maestro oró por Sus discípulos y por todos “los que han de creer en mí por la palabra de ellos;

“para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti…

“Para que sean perfeccionados en uno, para que el mundo conozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos, como también a mí me has amado…

“y yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos” (Juan 17:20, 21, 23, 26).

Al meditar sobre este y otros acontecimientos que tuvieron lugar tan próximos a Su entrega y a Su sufrimiento en el huerto y a Su traición, me planteo repetidamente las siguientes preguntas: ¿Cómo podía orar por el bienestar y la unidad de los demás inmediatamente antes de Sus propias aflicciones? ¿Qué le daba la capacidad de procurar consuelo y paz para aquellos cuya necesidad era mucho menor que la de Él? Mientras la naturaleza caída del mundo que Él había creado se cernía sobre Él, ¿cómo podía centrarse de manera tan total y exclusiva en las condiciones y los problemas de los demás? ¿Cómo pudo el Maestro tender la mano a los demás cuando un ser inferior se hubiera centrado en sí mismo? Cierta declaración del élder Maxwell ofrece respuesta a cada una de esas elocuentes preguntas:

“El carácter del Señor proporcionó necesariamente el cimiento para Su extraordinaria expiación. Sin el carácter sublime de Jesús, ¡no podría haber habido ninguna Expiación sublime! Su carácter es tal que sufrió ‘tentaciones de todas clases’ (Alma 7:11), sin embargo, ‘no hizo caso de ellas’ (D. y C. 20:22).”2

Jesús, quien padeció lo peor, tiene la máxima compasión por todos nosotros, quienes padecemos muchísimo menos. De hecho, la profundidad del sufrimiento y de la compasión está estrechamente ligada a la profundidad del amor que siente quien ministra.

Procurar la caridad de manera activa

En la vida terrenal, podemos procurar que se nos bendiga con los elementos esenciales de un carácter cristiano y cultivarlos. Ciertamente, es posible que nosotros, como seres mortales, nos esforcemos en rectitud a fin de recibir los dones espirituales relacionados con la capacidad de tender la mano a los demás y reaccionar adecuadamente ante otras personas que experimentan el mismo reto o la misma adversidad que nos abruma a nosotros del modo más inmediato e impetuoso. No podemos lograr tal capacidad meramente mediante la fuerza de voluntad ni la determinación personal. Más bien, dependemos de “los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías” y los necesitamos (2 Nefi 2:8). Pero “línea por línea, precepto por precepto” (2 Nefi 28:30) y “con el transcurso del tiempo” (Moisés 7:21), se nos faculta para tender la mano a los demás, cuando la tendencia natural es centrarnos en nosotros mismos.

Permítanme indicar que ustedes y yo debemos orar, anhelar, esforzarnos y trabajar a fin de cultivar un carácter semejante al de Cristo si tenemos la esperanza de recibir el don espiritual de la caridad: el amor puro de Cristo. La caridad no es un rasgo ni una característica que adquirimos exclusivamente mediante nuestra propia y firme persistencia y determinación. De hecho, debemos honrar nuestros convenios, vivir de forma digna y hacer todo lo que podamos para ser merecedores del don; pero, en última instancia, el don de la caridad nos posee a nosotros y no nosotros a él (véase Moroni 7:47). El Señor determina si recibimos y cuándo recibimos todos los dones espirituales, pero nosotros debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para desear, ansiar, invitar y merecer tales dones. Al actuar cada vez más de manera congruente con el carácter de Cristo, entonces quizás indicamos a los cielos de un modo más elocuente nuestro deseo de recibir el don supremo de la caridad. Y es claro que se nos bendice con ese maravilloso don conforme tendemos la mano a los demás cada vez más, mientras que, por lo general, el hombre o la mujer natural de nuestro interior se centraría en sí mismo.

Jesús es el Cristo, el Hijo Unigénito del Padre Eterno. Sé que Él vive. Y testifico que Su carácter nos hizo posible tener las oportunidades tanto de la inmortalidad como de la vida eterna. Ruego que tendamos la mano a los demás aunque nuestra tendencia natural sea centrarnos en nosotros mismos.

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Las llaves y la autoridad del sacerdocio

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Por el Élder Dallin H. Oaks

En esta conferencia hemos visto el relevo de algunos hermanos fieles, y hemos sostenido a otros en sus llamamientos. En esta rotación, tan común en la Iglesia, no se nos “degrada” al ser relevados, y no se nos “asciende” cuando se nos llama; no hay “ascensos ni descensos” en el servicio del Señor. Únicamente se da marcha “hacia adelante o hacia atrás”, y esa diferencia radica en la forma en que aceptamos y actuamos con respecto a nuestros relevos y llamamientos. En una ocasión presidí en el relevo de un joven presidente de estaca que había prestado servicio diligente durante nueve años, y ahora se regocijaba por el nuevo llamamiento que él y su esposa acababan de recibir; se los llamó como líderes de la guardería de su barrio. ¡Únicamente en esta Iglesia se consideraría eso como algo igualmente honorable!

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En una conferencia de mujeres, Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, dijo: “Esperamos inculcar en cada una de nosotras un mayor deseo de entender mejor el sacerdocio”1. Eso se aplica a todos nosotros, y para ello, hablaré sobre las llaves y la autoridad del sacerdocio. Debido a que esos temas son de igual interés para hombres y mujeres, me complace que esta reunión se transmita y se publique para todos los miembros de la Iglesia. El poder del sacerdocio nos bendice a todos. Las llaves del sacerdocio guían tanto a las mujeres como a los hombres, y las ordenanzas y la autoridad del sacerdocio atañen tanto a las mujeres como a los hombres.

El presidente Joseph F. Smith describió el sacerdocio como “…el poder de Dios delegado al hombre mediante el cual éste puede actuar en la tierra para la salvación de la familia humana”2. Otros líderes nos han enseñado que el sacerdocio “Es el poder supremo de la tierra. Es el poder por el que la tierra fue creada”3. Las Escrituras enseñan que “este mismo Sacerdocio que existió en el principio, existirá también en el fin del mundo” (Moisés 6:7). Por consiguiente, el sacerdocio es el poder mediante el cual seremos resucitados y continuaremos hacia la vida eterna.

 

La Iglesia ofrece actualización sobre el Presidente Monson

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En un pos La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días publicó la siguiente declaración el martes 23 de mayo sobre la situación que esta viviendo su máximo líder de esa organización.
Luego de unos años para acá la iglesia se a preocupado por la situación de su líder y a medidas está dando detalle de su situación.
“Debido a limitaciones relacionadas con su edad, el Presidente Monson ya no está asistiendo a reuniones en las oficinas de la Iglesia de manera regular. Él se comunica y confiere con sus consejeros sobre asuntos según sea necesario. El Presidente Monson agradece que la labor de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles continúe sin interrupción. Él aprecia las oraciones y el apoyo de los miembros de la Iglesia.”

La Autosuficiencia

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Principios de autosuficiencia


12 Principios de autosuficiencia

El Señor declaró: “Es mi propósito abastecer a mis santos” (D. y C. 104:15). Esta revelación es una promesa de que el Señor proveerá bendiciones temporales y abrirá la puerta de la autosuficiencia. También ha declarado que “es preciso que se haga a [Su] propia manera” (D. y C. 104:16). Para recibir las bendiciones de la autosuficiencia, debemos aceptar y vivir los principios de autosuficiencia, los que incluyen lo siguiente:
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  1. Ejercer fe en Jesucristo (D. y C. 104:15)
  2. Utilizar el tiempo sabiamente (Alma 34:32)
  3. Ser obediente (D. y C. 130:20–21)
  4. Administrar el dinero (D. y C. 104:78)
  5. Trabajo: Asumir la responsabilidad (D. y C. 42:42; 2 Nefi 2:16, 26)
  6. Resolver los problemas (Éter 2:18–19, 23; 3:1, 4)
  7. Ser uno, trabajar juntos (Moisés 7:18; D. y C. 104:15–17)
  8. Comunicación: Pedir y escuchar (D. y C. 8:2)
  9. Perseverar (Hebreos 12:1; D. y C. 58:4)
  10. Demostrar integridad (Mosíah 4:28; Job 27:5; Artículos de Fe 1:13)
  11. Procurar conocimiento y educación (D. y C. 88:118–119)
  12. Mantenerse enfocado, recibir las ordenanzas (D. y C. 84:20; D. y C. 136:4; 1 Nefi 18:2–3)

Estos principios se enseñan de manera más extensa en el manual Mi fundamento: Principios, habilidades y hábitos. Le invitamos a estudiar y aplicar estos principios con diligencia, como así también a enseñárselos a su familia. Al hacerlo, su vida será bendecida. Aprenderá a desenvolverse en su camino hacia una mayor autosuficiencia.

Lo mejor aún está por venir

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Jeffrey R. Holland

Por el élder Jeffrey R. Holland Del Quórum de los Doce Apóstoles

Miren hacia delante y recuerden que la fe siempre señala hacia el futuro.

El comienzo de un nuevo año es la época tradicional para hacer un inventario de nuestra vida y ver hacia dónde nos dirigimos comparándolo con el antecedente de dónde hemos estado hasta ese momento. No quiero hablar de las resoluciones de Año Nuevo, pero deseo referirme al pasado y al futuro, con la mira puesta en cualquier período de transición y cambio que ocurra en nuestra vida, y esos momentos nos sobrevienen casi todos los días.

Como tema bíblico para este análisis, he elegido el pasaje de Lucas 17:32, donde el Salvador advierte: “Acordaos de la mujer de Lot”. ¿Qué quiso decir con esa breve frase tan enigmática? Para saberlo, hagamos lo que Él dijo: acordémonos de quién era la esposa de Lot.

La historia, por supuesto, se desarrolla en los días de Sodoma y Gomorra cuando, después de haber tolerado todo lo que le fue posible soportar de lo peor que hombres y mujeres podían hacer, el Señor le dijo a Lot y a su familia que huyeran porque esas ciudades iban a ser destruidas. “Escapa por tu vida”, le dijo, “no mires tras ti… escapa al monte, no sea que perezcas” (Génesis 19:17; cursiva agregada).

Con algo menos que una obediencia inmediata y algo más que un intento de negociar, Lot y su familia abandonaron al fin la ciudad, pero lo hicieron a último momento. Las Escrituras nos dicen lo que pasó al amanecer del día siguiente:

“…hizo llover Jehová sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos;

“y destruyó las ciudades” (Génesis 19:24–25).

Mi tema se encuentra en el versículo siguiente. Con el consejo del Señor de “no mires tras ti” sin duda todavía sonándole claramente en los oídos, según el registro, la esposa de Lot “miró atrás” y se convirtió en una estatua de sal (véase el versículo 26).

¿Exactamente qué hizo la esposa de Lot que haya sido tan malo? Como me gusta estudiar historia, he pensado sobre eso y tengo una respuesta parcial al respecto. Aparentemente, lo malo que hizo no fue sólo mirar atrás, sino que lo que su corazón deseaba era volverseatrás. Parece que aun cuando ya había salido de los límites de la ciudad, echaba de menos lo que Sodoma y Gomorra le habían ofrecido. Como lo expresó el élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Quórum de los Doce Apóstoles, esas personas saben que deben tener su residencia principal en Sión, pero todavía esperan mantener una casa de veraneo en Babilonia1.

Es posible que la esposa de Lot haya mirado atrás con resentimiento hacia el Señor por lo que Él le mandaba dejar tras de sí. Sabemos con certeza que Lamán y Lemuel estaban resentidos cuando se mandó a Lehi y a su familia que abandonaran Jerusalén. Así que no se trata de que ella mirara atrás, sino de que haya mirado con ansiade volver; en suma, su apego al pasado tuvo en ella una influencia mayor que su confianza en el futuro. Aparentemente, eso fue al menos parte de su pecado.

La fe señala hacia el futuro

Al comenzar un nuevo año y tratar de beneficiarnos con una visión apropiada de lo que quedó atrás, les ruego que no insistan en el recuerdo de los días que no volverán ni en un vano anhelo del ayer, por muy bueno que ese ayer haya sido. El pasado es para aprender de él pero no para vivir en él. Miramos atrás con el deseo de reclamar las brasas de las experiencias radiantes pero no las cenizas. Y una vez que hayamos aprendido lo que tengamos que aprender y que guardemos con nosotros lo mejor de lo que hayamos experimentado, entonces miremos adelante y recordemos que la fe siempre señala hacia el futuro. La fe está siempre relacionada con bendiciones, verdades y acontecimientos del futuro que tendrán efecto positivo en nuestra vida.

Por consiguiente, una forma más teológica de referirnos a la esposa de Lot sería decir que no tuvo fe, que dudó del poder del Señor para darle algo mejor de lo que ya tenía. Al parecer, pensó que nada de lo que le esperaba podía ser de ninguna manera mejor que lo que dejaba atrás.

Algunos de los pecados de la esposa de Lot son el anhelo de volver atrás a un mundo en el que no se puede seguir viviendo, la constante insatisfacción con las circunstancias presentes y el hecho de tener sólo visiones sombrías del futuro, así como perderse el aquí, el ahora y el mañana por estar atrapados en el allá, el entonces y el ayer.

El apóstol Pablo, después de examinar la vida privilegiada y compensadora de sus años de juventud —su primogenitura, su educación y su reputación en la comunidad judía—, dice a los filipenses que todo aquello era “basura” comparado con su conversión al cristianismo. Luego agrega, y lo parafraseo: “He dejado de glorificar los ‘buenos tiempos pasados’ y ahora contemplo con ansias el futuro ‘por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús’” (véase Filipenses 3:7–12). Y después, estos versículos:

“…pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante,

“prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13–14).

No hay ahí una esposa de Lot; no se mira atrás hacia Sodoma y Gomorra. Pablo sabe que allá en el futuro, adelante y dondequiera que el cielo nos lleve, es donde ganaremos el “premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Perdonemos y olvidemos

Dentro de nosotros hay una particularidad que nos impide perdonar y olvidar errores pasados, ya sean nuestros o de otras personas. Eso no es bueno; no es cristiano, y está en directa oposición a la grandiosidad y la majestad de la expiación de Cristo. El permanecer sujetos a errores de antaño es la peor manera de seguir sumergidos en el pasado, de lo cual se nos manda detenernos y desistir.

Una vez me contaron de un joven que durante muchos años fue objeto de más o menos todo tipo de bromas en su escuela; tenía algunas desventajas, por lo que era fácil para sus compañeros burlarse de él. Más adelante se mudó a otro lugar y terminó por alistarse en el ejército donde tuvo buenas experiencias al obtener una educación y, en general, al alejarse del pasado. Sobre todo, como muchos otros militares, descubrió la belleza y la majestad de la Iglesia, se reactivó y se sintió feliz.

Después de varios años, regresó al pueblo de su niñez. La mayoría de los de su generación se habían ido de allí, pero no todos. Al parecer, cuando volvió siendo hombre de éxito y nacido de nuevo, aún existía entre las personas el mismo prejuicio anterior, esperando su regreso. Para la gente de su pueblo natal, él todavía era “aquel fulano, ¿se acuerdan? El tipo que tenía aquellos problemas, aquella idiosincrasia y rarezas, y que hizo esto y lo otro. ¡Y cómo nos reíamos!”

Poco a poco, el esfuerzo que este hombre había hecho, similar al de Pablo, de dejar lo que quedaba atrás y asir el premio que Dios había puesto ante él, fue disminuyendo gradualmente hasta que al fin murió de la manera en que había vivido durante su niñez y adolescencia, haciendo un giro completo: otra vez inactivo y desdichado y objeto de un nuevo repertorio de bromas. Sin embargo, había pasado en su madurez por aquel momento resplandeciente y hermoso en que le había sido posible elevarse sobre su pasado y verdaderamente ver quién era y lo que podía llegar a ser. Lo lamentable, lo triste es que estuviera una vez más rodeado de un grupo de “esposas de Lot”, personas que consideraron su pasado más interesante que su futuro, y que se las arreglaron para arrebatarle aquello para lo cual Cristo lo había asido. Y murió triste, aunque no realmente por su propia culpa.

Lo mismo sucede en el matrimonio y en otros tipos de relaciones. No puedo decirles cuántas son las parejas a las que he aconsejado que, cuando se sienten profundamente heridas o incluso bajo mucha presión, se remontan cada vez más lejos en el pasado en busca de rocas de recriminación para tirar contra la estructura de su matrimonio. Cuando algo se da por terminado, cuando el arrepentimiento ha sido tan completo como podía serlo, cuando la vida ha continuado en la debida forma y desde aquel momento han tenido lugar muchos otros sucesos buenos y maravillosos, entonces no está bien volver atrás y abrir antiguas heridas para sanar aquellas por las que murió nada menos que el Hijo de Dios.

Dejen que las personas se arrepientan; déjenlas progresar. Crean que la gente puede cambiar y mejorar. ¿Es eso fe? ¡Sí! ¿Es eso esperanza? ¡Sí! ¿Es eso caridad? ¡Sí! Y sobre todo, es caridad, el amor puro de Cristo. Si algo quedó enterrado en el pasado, déjenlo enterrado; no sigan volviendo atrás con su baldecito y su palita de playa para escarbar en la arena, blandirlo en el aire y luego lanzárselo a alguien diciendo: “¡Eh! ¿Te acuerdas de esto?” ¡Paf!

Y, ¿saben qué? Esa acción probablemente dé como resultado que se desentierre del basurero de ustedes algún fragmento desagradable y les respondan: “Sí, me acuerdo. Y , ¿te acuerdas de esto?” ¡Paf!

Y antes de lo pensado, todos salen de ese intercambio sucios y embarrados, desdichados y heridos, cuando lo que nuestro Padre Celestial desea es pureza, bondad y felicidad y redención.

Esa insistencia en volver a la vida pasada, incluso a los errores cometidos tiempo atrás, simplemente no es buena. No es el evangelio de Jesucristo. En algunos aspectos, es peor que el caso de la esposa de Lot, porque por lo menos ella se destruyó sólo a sí misma; pero en los casos de matrimonio y familia, de barrios y ramas, de complejos de apartamentos y de vecindarios, podemos terminar destruyendo a muchas otras personas.

Al comienzo de este nuevo año, tal vez no se nos requiera nada más grande que lo que el Señor mismo dijo que hace: “…quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42).

Por supuesto, la condición es que el arrepentimiento sea sincero, pero cuando lo es y cuando se está haciendo un verdadero esfuerzo por progresar, somos culpables de un pecado mayor si seguimos recordando y reprochando a alguien sus errores pasados, ¡y ese alguien puede ser nosotros mismos! A veces las personas son demasiado duras consigo mismas, con frecuencia ¡mucho peores que con los demás!

Y ahora, como los anti-nefi-lehitas del Libro de Mormón, entierren sus armas de guerra y déjenlas enterradas (véase Alma 24). Perdonen y hagan lo que a veces es más difícil que perdonar: olviden. Y cuando les venga otra vez a la memoria, vuelvan a olvidarlo.

Lo mejor aún está por venir

Pueden recordar lo suficiente para no repetir el error, pero luego echen todo lo demás en la pila de basura que Pablo mencionó a los filipenses. Desechen lo destructivo y sigan desechándolo hasta que la hermosura de la expiación de Cristo les haya revelado su futuro resplandeciente así como el de su familia, sus amigos y sus vecinos. A Dios no le importa dónde hayan estado tanto como le importa dónde están ahora y, con Su ayuda, a dónde están dispuestos a llegar. Eso es lo que la esposa de Lot no entendió, ni tampoco Lamán y Lemuel ni muchas otras personas de las Escrituras.

Éste es un asunto importante para considerar al comienzo de un nuevo año; y cada día debe ser el principio de un año nuevo y de una vida nueva. Ése es el prodigio de la fe y del arrepentimiento, y el milagro del evangelio de Jesucristo.

El poeta Robert Bowning escribió:

Ven, ¡envejece junto a mí!
Lo mejor aún está por venir,
el resto de la vida, para el cual hubo un comienzo:
Nuestra existencia en las manos está
de Aquel que dijo: “Un todo es mi plan,
la juventud la mitad sólo deja ver; confía en Dios: al verlo todo, ¡no tienes que temer!”2

Algunos podrán pensar: ¿Hay un futuro para mí? Un año o un semestre nuevo, una nueva materia o un romance nuevo, un nuevo trabajo o un nuevo hogar, ¿qué me reservan? ¿Tendré protección? ¿Será segura mi vida? ¿Puedo confiar en el Señor y en el futuro? ¿O sería mejor mirar atrás, volver atrás y vivir en el pasado?

A los de toda generación que se hagan esas preguntas, les digo: “Recuerden a la esposa de Lot”. La fe es para el futuro. La fe pone los cimientos en el pasado pero nunca anhela quedarse allá. La fe confía en que Dios tiene grandes cosas reservadas para cada uno de nosotros y en que Cristo es en verdad el “sumo sacerdote de los bienes venideros” (Hebreos 9:11).

Mantengan los ojos puestos en sus sueños, por muy distantes y fuera de su alcance que parezcan. Vivan para ver los milagros del arrepentimiento y del perdón, de la confianza y del amor divino que transformarán su vida hoy, mañana y para siempre. Esa es la resolución de Año Nuevo que les ruego que guarden.

Jóvenes adultos

Dejemos atrás el pasado

Cuando tenía dieciséis años, no me llevaba nada bien con mi hermano gemelo y nos peleábamos por todo. Un día me humilló en la escuela, delante de un grupo de amigos, con un ataque personal sumamente destructivo. Su comportamiento y palabras hirientes me destrozaron de una forma que, como adolescente, no podía soportar. A pesar de que mis padres le llamaron la atención en cuanto a ese incidente, nunca se disculpó. Durante años llevé ese dolor en mi interior.

Él todavía estaba en su misión cuando yo recibí mi llamamiento misional. Me estaba preparando para entrar en el templo y comencé a reflexionar en mi vida para determinar lo que debía cambiar para sentirme preparado para entrar. Me di cuenta de que aunque no pensaba con frecuencia en lo que mi hermano me hizo, aún así, debía perdonarlo.

Mi hermano me había hecho más daño que ninguna otra persona, y yo sabía que no sería fácil perdonarlo, de modo que oré para pedirle ayuda a mi Padre Celestial.

Con Su ayuda, decidí que comenzaría a escribirle con regularidad durante su misión. Antes de este momento, lamento reconocer que casi nunca le escribía. Entonces le envié un paquete. Cuando salí a la misión, él fue con mis padres al Centro de Capacitación Misional y me dio un abrazo; incluso me escribió varias veces. Sé que aunque quizá lleve tiempo, podemos dejar atrás el pasado con la ayuda de nuestro Padre Celestial.

El Matrimonio y el Divorcio

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Élder Dallin H. Oaks

Para muchos se preguntaran porqué hablamos tanto del divorcio como si éste fuera el tema principal del evangelio, permitirme hablarles el porque hablamos del divorcio. Muchos de ustedes hombre y mujer eligieron el divorcio como una solución a los conflictos y problemas que enfrentan en sus vidas, sin embargo no reflexionan en las consecuencias eterna que viene luego de haber tomado la decisión más difícil y dolorosa, algunas veces nos rendimos o no damos por vencido y es ahí en ese mismo instante que Satanás o el diablo esta al tanto de tu decisión en cuanto al divorcio, si en estos momento esta pensando en el divorcio si lo esta haciendo detente no continúe vamos a la solución, te invitamos a leer la Proclamación para la familia allí encontrará consuelo y guía que te ayudaran eternamente.
Continua con el discurso del Élder Dallin H. Oaks
Un buen matrimonio no requiere un hombre o una mujer perfectos; sólo requiere un hombre y una mujer dispuestos a esforzarse juntos por alcanzar la perfección.
Recibí la impresión de hablar sobre el divorcio. Éste es un tema delicado porque provoca emociones muy fuertes en las personas a las que ha afectado de alguna forma. Algunos se ven a sí mismos o a sus seres queridos como víctimas del divorcio, mientras que otros se ven como sus beneficiarios. Algunos ven el divorcio como prueba del fracaso, mientras que otros consideran que es una compuerta esencial para escapar del matrimonio. En una forma u otra, el divorcio afecta a la mayoría de las familias de la Iglesia.
Sea cual fuere su perspectiva, tengan a bien escuchar mientras intento hablar con franqueza sobre los efectos del divorcio en las relaciones familiares eternas que procuramos obtener de acuerdo con el plan del Evangelio. Hablo de ello por preocupación, pero con esperanza.

El justo por la fe vivirá

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Presidente Dieter F. Uchtdorf  

El rabino y el fabricante de jabón

Hay un viejo relato judío sobre un fabricante de jabón que no creía en Dios. Un día, mientras caminaba con un rabino, dijo: “Hay algo que no puedo entender; hemos tenido la religión durante miles de años, pero por dondequiera que uno mira hay maldad, corrupción, deshonestidad, injusticia, dolor, hambre y violencia. Parece que la religión no ha mejorado el mundo en absoluto. Así que le pregunto, ¿de qué sirve?”.

El rabino no respondió durante un tiempo, sino que siguió caminando con el fabricante de jabón. Finalmente se acercaron a un parque donde los niños, cubiertos de polvo, jugaban en la tierra.

“Hay algo que no entiendo”, dijo el rabino. “Mire esos niños; hemos tenido jabón por miles de años, y sin embargo esos niños están sucios. ¿De qué sirve el jabón?”.

El fabricante de jabón respondió: “Pero rabino, no es justo culpar al jabón por esos niños sucios; el jabón se tiene que usar antes de que pueda lograr su propósito”.

El rabino sonrió y dijo: “Exactamente”.

¿Cómo viviremos?

El apóstol Pablo, al citar a un profeta del Antiguo Testamento, sintetizó lo que significa ser un creyente cuando escribió: “… el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).

Tal vez con esa sencilla declaración comprendamos la diferencia que existe entre una religión que es frágil e ineficaz y una que tiene el poder de transformar vidas.

Sin embargo, para entender lo que significa vivir por la fe, debemos entender lo que esta es.

La fe es más que creer; es una completa confianza en Dios, acompañada de acción.

Es más que desear;

Es más que simplemente sentarnos, asentir con la cabeza, y decir que estamos de acuerdo. Cuando decimos “el justo por la fe vivirá”, estamos diciendo que nuestra fe nos guía y nos dirige. Actuamos de una manera que es compatible con nuestra fe, no por un sentido de obediencia irreflexiva, sino por un amor seguro y sincero por nuestro Dios y por la valiosa sabiduría que Él ha revelado a Sus hijos.

La fe debe ir acompañada de acción, de lo contrario, no tiene vida (véase Santiago 2:17); simplemente no es fe; no tiene el poder de cambiar a una sola persona, y mucho menos al mundo.

Los hombres y las mujeres de fe confían en su misericordioso Padre Celestial, incluso en tiempos de incertidumbre, incluso en tiempos de duda y adversidad cuando no pueden ver perfectamente ni entender con claridad.

Los hombres y las mujeres de fe caminan fervientemente por el camino del discipulado y se esfuerzan por seguir el ejemplo de su amado Salvador Jesucristo. La fe nos motiva y, de hecho, nos inspira a inclinar nuestros corazones al cielo y a activamente ayudar, edificar y bendecir a nuestros semejantes.

La religión sin acción es como el jabón que permanece en la caja; puede tener un potencial maravilloso, pero en realidad tiene poco poder para tener algún efecto hasta que cumpla con su propósito. El evangelio restaurado de Jesucristo es un evangelio de acción. La Iglesia de Jesucristo enseña la verdadera religión como un mensaje de esperanza, fe y caridad, incluyendo ayudar a nuestro prójimo de manera espiritual y temporal.

Hace unos meses, mi esposa, Harriet, y yo estábamos en un viaje familiar con algunos de nuestros hijos en el Mediterráneo; visitamos algunos campos de refugiados y nos reunimos con familias de países devastados por la guerra. Esas personas no eran de nuestra fe, pero eran nuestros hermanos y hermanas y necesitaban ayuda urgentemente. Se nos conmovió el corazón cuando experimentamos en carne propia cómo la fe activa de los miembros de nuestra Iglesia brinda ayuda, alivio y esperanza a nuestros semejantes necesitados, sin importar su religión, nacionalidad o educación.

La fe, unida a la acción constante, llena el corazón con bondad, la mente con sabiduría y comprensión, y el alma con paz y amor.

Nuestra fe puede bendecir y ejercer una influencia recta, tanto en los que nos rodean como en nosotros.

Nuestra fe puede llenar el mundo con bondad y paz.

Nuestra fe puede transformar el odio en amor y los enemigos en amigos.

Los justos, pues, viven actuando por fe; viven confiando en Dios y caminando en Sus vías.

Esa es la clase de fe que puede transformar a las personas, a las familias, a las naciones y al mundo.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Uchtdorf explica que la fe es más que una expresión de creencia. La fe verdadera en el Padre Celestial y en Jesucristo requiere acción, y vivir por fe tiene el poder de transformar vidas y hogares. Podría invitar a las personas que enseña a que compartan momentos en los que hayan visto las bendiciones y el poder de vivir por fe, ya sea de ejemplos personales o de haber observado a otras personas. Anímelos a orar para pedir orientación para saber cómo vivir mejor el Evangelio.

Jóvenes

Prestar servicio a los demás con fe

boys with shovels

El presidente Uchtdorf nos dice que nuestra fe en Dios debe ir “acompañada de acción”. Él nos explica que cuando nuestra fe está “unida a la acción constante, llena… el alma con paz y amor”. Con la promesa de esa bendición, podemos marcar una diferencia, y podemos lograrlo si nos damos tiempo para prestar servicio lleno de fe. Cada mañana, puedes orar para pedirle al Señor que te ayude para servir a los demás. Por ejemplo, pídele que te muestre cuando uno de tus hermanos necesite ayuda con alguna tarea, o cuando un amigo necesite una palabra de ánimo. Después, cuando recibas una impresión, ¡actúa de acuerdo con dicha impresión! Si conviertes esas oraciones y ese servicio en un hábito, entonces la acción fiel y constante será una bendición en tu vida y en la vida de los demás. El presidente Uchtdorf promete que puedes “transformar a las personas, a las familias, a las naciones y al mundo”.

Niños

Confianza

Trust

Intenta hacer esta actividad con un amigo. Tendrás que confiar y seguir sus instrucciones cuidadosamente.

Con una pluma o un lápiz en la mano, cierra los ojos. Deja que tu amigo te diga dónde dibujar los ojos, la nariz, la boca y el cabello en esta cara. Después puedes abrir los ojos. ¿Lo hiciste bien? Puedes colorear la cara y dibujar otra para volver a jugar.

A veces es difícil seguir instrucciones, pero cuando tratamos de seguir al Padre Celestial y escuchamos al Espíritu Santo, Él nos ayudará. Siempre podemos confiar en Él.